enero 10, 2006

[Capítulo III: Entendiendo la República Ineficiente] El pendulo argentino

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El pendulo argentino
Mario Teijeiro, 03 de Enero del 2006


La cumbre de Mar del Plata, el acercamiento a Chávez, el cambio de gabinete y la “declaración de independencia” asociada al pago al FMI, son indicadores muy claros que Kirchner giró a la izquierda. Estamos nuevamente recorriendo el tradicional péndulo argentino, volviendo ahora a las ideas “setentistas”. El rumbo es equivocado y nos espera una nueva frustración. Pero a diferencia de lo que ocurrió con las experiencias distribucionistas de los 70 y los 80, la maduración y crisis de este nuevo proceso será probablemente lenta. La reflexión de fondo es que el retorno a las ideas de izquierda no era inevitable y sólo se produjo por el estrepitoso fracaso de la Convertibilidad. Es por ello que es esencial reflexionar por qué, a diferencia de lo que está ocurriendo en el resto del mundo, las experiencias de centro derecha han fracasado en la Argentina.

La cumbre de Mar del Plata

No caben dudas que los episodios de la Cumbre de Mar del Plata resultaron hasta aquí los más trascendentes y negativos de la Presidencia de Kirchner. La organización de la contracumbre de Chávez, el “armado” de los disturbios callejeros de Haedo y Mar del Plata y la beligerancia de Kirchner en la misma cumbre (impropia de un anfitrión), fueron señales inequívocas de la firme decisión presidencial de enfrentar el liderazgo americano y resistir la globalización. Este enfrentamiento con Estados Unidos y la mayoría de países americanos adherentes al ALCA, fue una decisión que de aquí en más condicionará el rumbo de nuestro país. Fue un episodio muy fuerte, del que probablemente no hay retorno para Kirchner. Después de Mar del Plata se perdieron las esperanzas de que Kirchner evolucionara hacia un liderazgo de centro izquierda moderado, que reconozca las realidades de la globalización, al estilo del socialista chileno Lagos.

El cambio de rumbo se explica porque el Presidente es fiel a sus convicciones “setentistas”. Ocurre ahora pues siente que las elecciones del 23 de Octubre validaron su orientación. El cambio de gabinete inaugura una nueva etapa en donde se tratará de repartir más equitativamente los frutos del crecimiento. ¿Hasta dónde llegará esta nueva etapa distribucionista?. ¿Cuáles serán sus consecuencias de corto y largo plazo? Ante todo no cabe esperar una repetición de la virulencia distributiva de los 70. Son muchas las lecciones de supervivencia política que se han aprendido. La hiperinflación del 89 y el default del 2001 han enseñado que la imprudencia fiscal voltea gobiernos, sea del signo que fueren. Las intenciones distributivas se enmarcarán entonces dentro de la idea de mantener el superávit fiscal, canalizándose en lo inmediato a través de la política salarial y los intentos de controlar los precios; a través de impuestos a las exportaciones; quizás también con una reforma impositiva que grave las rentas (dividendos, intereses y propiedades); redoblando esfuerzos para reducir la evasión; e insistiendo con subsidios que alcancen a informales y desempleados.

El objetivo de “crecer con equidad” irá derivando en cada vez menos crecimiento e imposibilidad de superar la pobreza. El énfasis distributivo de esta nueva etapa penalizará sistemáticamente nuestras posibilidades de exportación y le quitará recursos al sector privado para invertir. Se hará todo lo contrario a lo que necesita para crecer un país que ahorra poco: primero, maximizar sus ingresos a través del comercio exterior; y luego dedicar una parte substancial de esos mayores ingresos al ahorro y la inversión. La “lógica” distribucionista es la inversa: primero hay que distribuir para así inflar el consumo y aumentar el mercado interno. Pero esto disminuye el ahorro y las posibilidades de invertir y crecer. Solamente en un contexto de desempleo es posible aumentar simultáneamente el consumo, las exportaciones y la inversión. Una vez que la economía alcance el pleno empleo, el mayor consumo no hará otra cosa que ir contra las exportaciones, la inversión y el crecimiento.

El distribucionismo del 73 terminó en el Rodrigazo del 75 y el de Alfonsín derivó en la hiperinflación del 89. Pero si Kirchner mantiene el equilibrio fiscal, esta nueva experiencia distribucionista no colapsará bruscamente. Esto tiene una faceta positiva, que será evitarnos el caos asociado a esas experiencias, pero también conlleva el riesgo que “nos cocinen a fuego lento”, que se consolide una democracia “a la Chavez”, que nos acostumbremos a la mediocridad y que no haya reacción política frente a la decadencia. Pero seamos optimistas y confiemos que la volátil opinión pública argentina finalmente se decepcionará y habrá una nueva oportunidad para la derecha. Si ésta es la esperanza, hay que tener en claro por qué fracasaron sistemáticamente en Argentina los gobiernos de esa orientación. De lo contrario, llegado el momento repetiremos los errores y el péndulo no se detendrá...

Chile evitó el péndulo

El péndulo político argentino contrasta dramáticamente con la continuidad chilena. Los dos países pasaron por experiencias similares en los 70: gobiernos militares que reprimieron la insurgencia marxista; fallidas experiencias de endeudamiento externo, atraso cambiario, crisis financiera y subsiguiente devaluación, recesión y desempleo. Pero mientras los militares argentinos se suicidaban políticamente con la guerra de Malvinas, Pinochet se dedicó a corregir los aspectos erróneos de su política liberal: terminó con el endeudamiento externo, corrigió el atraso cambiario, manejó eficientemente la crisis financiera y mantuvo firmemente el corazón de su política liberal, esto es, la apertura al comercio exterior y la reducción de gasto público e impuestos. El resultado fue que Chile retomó un crecimiento imparable que lo ha llevado en dos décadas a duplicar su ingreso per capita e incluso superar al argentino.

Lo notable del proceso chileno es que la Concertación de Demócratas Cristianos y Socialistas mantuvo (e incluso profundizó, como es el caso de la reforma arancelaria) las políticas liberales pinochetistas. ¿Cómo se explica esto?. La explicación política es que se trata de una dirigencia política superior, que supo poner atrás el pasado y pensar qué era lo mejor para Chile. Este comportamiento de su clase política contrasta dramáticamente con la experiencia argentina, en donde la izquierda ha retornado con espíritu revanchista, buscando “memoria, verdad y justicia” y terminar con cualquier vestigio de políticas económicas neoliberales. La demonización y destrucción del pasado es parte de su cultura política totalitaria e intolerante.

La explicación económica es que es la economía la que determinó las diferencias. Pinochet abandonó el poder en 1989 siendo un Presidente exitoso, que dejó la economía en una tendencia de crecimiento notable. La medida de su éxito lo marcó el hecho que su candidato (Hernán Buchi) pierde pero con el 43% de los votos, una aprobación altísima luego del desgaste natural de 17 años de gobierno. La Concertación chilena no pudo cambiar algo que estaba funcionando muy bien y adaptó sus preferencias por una distribución más justa del ingreso, a las reglas de juego liberales que estaban funcionando. Sin embargo, la tesis política y la económica no compiten entre sí, sino se complementan. El éxito del liberalismo pinochetista fue una condición necesaria para que esas ideas sobrevivieran. Pero la cultura política chilena, su capacidad de poner el pasado atrás y convivir con vistas al futuro, fue también un ingrediente esencial para que políticos democristianos y socialistas hicieran suyos los principios económicos liberales.

Por el contrario, el retorno de la izquierda en la Argentina fue consecuencia del fracaso de la experiencia neoliberal de los 90. Es ese fracaso lo que permitió reflotar las viejas ideas del proteccionismo, el distribucionismo y el intervencionismo estatal. Si no hay éxito económico, no se puede parar el péndulo. ¿Por qué la derecha fracasó en la Argentina?. La respuesta es que la instrumentación neoliberal fue muy mala. En lugar de abrirnos decididamente al comercio internacional, nuestros industriales prefirieron la protección del MERCOSUR. En lugar de ser prudentes con el manejo fiscal, nuestros políticos optaron por descontrolar el gasto y el déficit público. En lugar de fomentar la competencia, convertimos las empresas públicas en monopolios privados. La Convertibilidad tuvo mucho de “neo” y muy poco de “liberal”.

Distribucionistas y desarrollistas

Pero el fracaso de la Convertibilidad no fue el único fracaso de centro derecha. Fracasaron también las experiencias posteriores a 1955, algunas de manera notoria, (como la experiencia de Videla y Martinez de Hoz), otras sin tiempo para madurar, abortadas por golpes militares (tal el caso de las experiencias de Frondizi-Frigerio y de Ongania-Krieger Vasena). El común denominador de todas ellas es que poco tuvieron de liberales y mucho de corporativas y populistas. Recordemos que el gobierno de Frondizi instrumentó la política más intensa de sustitución de importaciones industriales y autarquía económica. El gobierno de Onganía no solo mantuvo el proteccionismo industrial sino que profundizó la discriminación al agro a través de derechos de exportación e impuestos a la tierra. No sólo mantuvo el corporativismo sindical creado por el peronismo sino lo fortaleció, creando las obras sociales bajo el control de los sindicatos. Videla y Martínez de Hoz mantuvieron el cierre de la economía y profundizaron el proyecto de “fortalecer al empresariado nacional” a través de regimenes de promoción regional y sectorial. La novedad fue que sumaron un nuevo pecado, el del endeudamiento externo y el atraso cambiario.

La Argentina post 1930 evolucionó hacia un capitalismo corporativo, caracterizado por el proteccionismo industrial y el estado de bienestar. Pero entonces, ¿qué distinguía políticas económicas de izquierda y derecha?. La diferencia era una puja distributiva para repartirse las rentas del campo y de los impuestos en general. La izquierda era “distribucionista” y pretendía mejorar la distribución de ingresos mediante ajustes de salarios y controles de precios. La derecha era “desarrollista” y pretendía libertad de precios y “control” de las demandas sindicales, para que el empresariado nacional acumulara y creciera. El modelo corporativo nunca se cuestionó, el objetivo para ambas partes era capturar la orientación política del gobierno. Nadie quería la competencia, sino controlar las corporaciones para su beneficio.

El endeudamiento externo y el consecuente atraso cambiario dividieron el empresariado entre empresarios “productivos” y empresarios “de servicios”. Pero el fracaso de la Convertibilidad eliminó la influencia que habían adquirido banqueros y beneficiarios de privatizaciones. El desarrollismo industrialista ha vuelto a dominar los intereses de la derecha. Así Mauricio Macri rescata la Presidencia de Frondizi como el modelo a seguir. La UIA apoya el tipo de cambio alto, protesta contra los aumentos de salarios que no reflejan aumentos de productividad y exige cada vez más restricciones a las importaciones. En cambio los simpatizantes “distribucionistas” de este gobierno favorecen aumentos de salarios y jubilaciones, controles de precios, reforma impositiva “progre” y subsidios universales para convertirnos a todos en prebendarios del Estado. Pero “desarrollistas” y “distribucionistas” pelean sólo por el botín, ya que comparten la aventura nacional y popular de “piratear” las presuntas rentas de exportadores, banqueros e inversores extranjeros.

Mientras la opción al “distribucionismo” de izquierda sea el “desarrollismo” de derecha, Argentina no podrá superar sus problemas y el péndulo nunca se detendrá. Todos fracasarán, porque lo que está mal es la continuidad del modelo de proteccionismo industrial y estado de bienestar que ambos apoyan. Aprovechar las oportunidades de la globalización significa jugarse por el libre comercio y por un estado “delgado” y eficiente que no atente contra la competitividad. Pero llegar a eso significa, nada más ni nada menos, que cambiar la mentalidad corporativa y prebendaria de nuestra dirigencia política, sindical y empresaria. Si existiera una nueva oportunidad para la derecha, ¿estaremos a la altura de reconocer estos males profundos y cambiar, como lo hizo Chile?.

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Posted by Alberdi & Urquiza to Capítulo III: Entendiendo la República Ineficiente at 1/10/2006 08:32:00 PM
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