[Capítulo I: El derrumbe de la Argentina] La Argentina patetica
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La Argentina patetica
Jose Luis Espert, 10 de Junio del 2002
La discusión en Argentina hoy es patética. Los partidarios del “modelo” lloran por el default y la devaluación y la izquierda populista quiere más destrucción porque la que ya hizo desde el 20 de Diciembre del año pasado, no le alcanza. En el medio, 36 millones de argentinos sufren la peor crisis de la historia.
Los partidarios del “modelo” (ya sean empresarios o intelectuales) han sido liberales de café. Vivían declamando el libre mercado, pero se reservaron para ellos los cotos de caza de las ganancias fáciles de privatizaciones monopólicas, protecciones arancelarias y regímenes especiales. Los banqueros vivían despotricando contra los déficits fiscales y el gasto público, pero al mismo tiempo financiaban la irresponsabilidad fiscal, atragantándose con bonos públicos y préstamos a las provincias con garantía de la coparticipación.
Los economistas que le dieron letra sofisticada a los intereses corporativos, fueron los economistas de la “buena onda”, del reduccionismo monetario (con la Convertibilidad bastaba) o directamente inescrupulosos “profesionales” que dijeron lo que convenía a los empresarios que los contrataban. Así apoyaron barbaridades como el Mercosur, el Plan de Infraestructura de De la Rúa, las alquimias de Cavallo, el Megacanje y cuanto engendro de política económica saliera de la galera del Ministro de Economía de turno. Apoyar cualquier cosa era preferible a ser un “terrorista” económico. Demostraron que así como eran economistas, tranquilamente podrían haber sido vendedores de tachuelas, porque ninguna víscera les vibraba por el bien común (sólo se trataba de maximizar ingresos personales). Así lograron que el capitalismo fuera visto por la gente como su enemigo, que siempre privilegia intereses corporativos, corruptos y prebendarios. Hoy son los mismos que se rasgan las vestiduras con el default y la devaluación, como si estas calamidades no las hubiera gestado la política económica que ellos apoyaron durante una década.
Los economistas de la “buena onda” vacía de contenido negaban la devaluación por el caos que se generaría. No se daban cuenta que el default, la confiscación de depósitos y la devaluación fueron inevitables por la indisciplina fiscal que nunca criticaron. Le hicieron “la vista gorda” a un gasto público financiado de una manera insostenible con deudas en dólares. Muy mal deberían sentirse hoy quienes apoyaron el experimento de la última década, ya que el rotundo fracaso de la Convertibilidad ha dado pie a que la Argentina sea el único lugar del mundo donde, por el fracaso del capitalismo, ha renacido la amenaza trotskista (Luis Zamora)!.
Los errores han sido tan grandes que hasta los “ganadores” del modelo están quebrados. La descapitalización y quiebra es generalizada. Los bancos, han perdido todo su capital porque le prestaron al sector público por un monto que excedía largamente su propio patrimonio. Las empresas (nacionales y extranjeras) que se endeudaron en dólares, han visto esfumarse su patrimonio luego de la devaluación. La pesificación de las deudas, la modificación de la ley de Quiebras y el proyecto de defensa de las empresas “culturales”, son intentos desesperados de evitar la pérdida patrimonial, a costa de los acreedores y de los depositantes. En este intento, se está generando un clima de xenofobia, denunciando una conspiración internacional para “quitarnos el agua y la tierra”. Pareciera que se está gestando una nueva alianza “setentista” entre el capitalismo nacional y la izquierda autóctona.
Estamos volviendo a la vieja teoría de la dependencia sin entender que en un mundo globalizado el capital no tiene banderas. El capital nacional no es necesariamente mejor que el capital extranjero. En un mundo globalizado, el capital nacional puede enviar libremente sus ganancias al exterior y también el producido de la venta de sus empresas a inversores extranjeros. Da más empleo a la gente un capitalista extranjero que invierte capitales nuevos que un capitalista nacional que vende sus empresas o se lleva los beneficios de privatizaciones monopólicas para invertir en Brasil o en otros países. O sea, el capital es capital y no tiene banderas ni pasaportes. Lo importante es generar un clima de confianza que permita la inversión de capitales de riesgo, no rentísticos, cualquiera sea el origen del mismo.
El drama bancario también ha exacerbado los espíritus xenófobos y aquí el caradurismo del populismo nacional es excesivo. Bien facilista, nunca se rasgó las vestiduras cuando en la última década el gasto público crecía de manera enloquecida creando un mar de parásitos en el sector público y se financiaba externamente para exponenciar un crecimiento fácil pero al mismo tiempo insostenible. Se concentraba en criticar el espíritu de las reformas menemistas, en lugar de criticar la forma en que se hicieron: privatizaciones (demasiado monopólicas), apertura (“trucha” al estilo Mercosur) y algo de desregulación de mercados. Toda su violencia verbal era muy marketinera (aunque bien certera en términos de rating popular): había que ser cruenta con la Ferrari, la corrupción y toda aquello que llegara fácil a la gente, aunque de contenido y de recomendaciones serias de qué hacer con el país, nada, cero absoluto. Y cuando hacia fines de 2001 se venía el default de la deuda, lo alentaban, porque “dejar de pagar nos permitiría hacer políticas sociales, redistribuir ingresos y volver a crecer”. Hoy están repartiendo las migajas de los planes trabajar en el medio de una miseria galopante.
Resulta inconcebible ver cómo buscan responsables afuera, sean los bancos extranjeros, el FMI o los Estados Unidos. El populismo no quiso entender nunca que luego de años y años de una política fiscal demencial, la estafa al ahorrista era inexorable, tal como había ocurrido a fines de 1989. Porque una cosa hay que aprender. En economía se puede hacer cualquier cosa, lo que no se puede evitar son las consecuencias. La ley de gravedad existe. Hoy es mucho más fácil echarle la culpa a los bancos, culpa que sin duda tienen en parte, que rasgarse las vestiduras por no haber votado en contra de los aumentos de gasto público que cada presupuesto planteó para la sociedad en la última década con la patética excusa de los costos sociales que tal medida tendría. No tienen ni la más mínima lógica. Cuando entraban capitales del exterior, no abrían la boca sobre lo que estaban financiando y cuando se van, denuncian el vaciamiento del país.
Las denuncias conspirativas hechas con frases rimbombantes, efectistas pero vacías de contenido, son típicas de la izquierda autóctona que nos supimos dar. En ella militan versiones “light”, bien corporativas y corruptas como el radicalismo y el peronismo (el menemismo no es ni de derecha ni de izquierda, sí es el paradigma de lo inescrupuloso) y variantes más “pesadas” como Carrió o trotskistas como Zamora. En última instancia, nuestra izquierda es una fiel representante del complejo de inferioridad que tenemos los argentinos frente a quienes les va bien, porque siempre ponemos a los exitosos como los causantes de que a nosotros nos vaya mal. Además, esta actitud desnuda una soberbia insana cuando se dice que “ahora vienen por nuestra agua y nuestra tierra”. ¡Cómo si tuviéramos un gran valor estratégico!. Algunas, más que una cruz en el pecho, necesitan un psicólogo de bolsillo.
Lo que hicimos mal en la última década fue tener un fisco que gastó sistemáticamente más de lo que pudo, endeudó al país hasta atragantarlo de papeles, atrasó el tipo de cambio como loco, hizo una apertura muy trucha como el Mercosur, privatizó de manera monopólica y siguió con el capitalismo corporativo y prebendario que venimos aplicando desde hace por lo menos medio siglo. Si esto es de derecha, izquierda o centro es un problema de segundo orden. Sí es cierto que necesitamos una meritocracia en el gobierno, en el Congreso y en la Justicia. Un auténtico capitalismo competitivo en materia económica basado en el respeto a los derechos de propiedad, apertura comercial y equilibrio fiscal. Este es el camino de los países que progresan en la globalización.
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Posted by Alberdi & Urquiza to Capítulo I: El derrumbe de la Argentina at 2/24/2004 08:13:00 PM
La Argentina patetica
Jose Luis Espert, 10 de Junio del 2002
La discusión en Argentina hoy es patética. Los partidarios del “modelo” lloran por el default y la devaluación y la izquierda populista quiere más destrucción porque la que ya hizo desde el 20 de Diciembre del año pasado, no le alcanza. En el medio, 36 millones de argentinos sufren la peor crisis de la historia.
Los partidarios del “modelo” (ya sean empresarios o intelectuales) han sido liberales de café. Vivían declamando el libre mercado, pero se reservaron para ellos los cotos de caza de las ganancias fáciles de privatizaciones monopólicas, protecciones arancelarias y regímenes especiales. Los banqueros vivían despotricando contra los déficits fiscales y el gasto público, pero al mismo tiempo financiaban la irresponsabilidad fiscal, atragantándose con bonos públicos y préstamos a las provincias con garantía de la coparticipación.
Los economistas que le dieron letra sofisticada a los intereses corporativos, fueron los economistas de la “buena onda”, del reduccionismo monetario (con la Convertibilidad bastaba) o directamente inescrupulosos “profesionales” que dijeron lo que convenía a los empresarios que los contrataban. Así apoyaron barbaridades como el Mercosur, el Plan de Infraestructura de De la Rúa, las alquimias de Cavallo, el Megacanje y cuanto engendro de política económica saliera de la galera del Ministro de Economía de turno. Apoyar cualquier cosa era preferible a ser un “terrorista” económico. Demostraron que así como eran economistas, tranquilamente podrían haber sido vendedores de tachuelas, porque ninguna víscera les vibraba por el bien común (sólo se trataba de maximizar ingresos personales). Así lograron que el capitalismo fuera visto por la gente como su enemigo, que siempre privilegia intereses corporativos, corruptos y prebendarios. Hoy son los mismos que se rasgan las vestiduras con el default y la devaluación, como si estas calamidades no las hubiera gestado la política económica que ellos apoyaron durante una década.
Los economistas de la “buena onda” vacía de contenido negaban la devaluación por el caos que se generaría. No se daban cuenta que el default, la confiscación de depósitos y la devaluación fueron inevitables por la indisciplina fiscal que nunca criticaron. Le hicieron “la vista gorda” a un gasto público financiado de una manera insostenible con deudas en dólares. Muy mal deberían sentirse hoy quienes apoyaron el experimento de la última década, ya que el rotundo fracaso de la Convertibilidad ha dado pie a que la Argentina sea el único lugar del mundo donde, por el fracaso del capitalismo, ha renacido la amenaza trotskista (Luis Zamora)!.
Los errores han sido tan grandes que hasta los “ganadores” del modelo están quebrados. La descapitalización y quiebra es generalizada. Los bancos, han perdido todo su capital porque le prestaron al sector público por un monto que excedía largamente su propio patrimonio. Las empresas (nacionales y extranjeras) que se endeudaron en dólares, han visto esfumarse su patrimonio luego de la devaluación. La pesificación de las deudas, la modificación de la ley de Quiebras y el proyecto de defensa de las empresas “culturales”, son intentos desesperados de evitar la pérdida patrimonial, a costa de los acreedores y de los depositantes. En este intento, se está generando un clima de xenofobia, denunciando una conspiración internacional para “quitarnos el agua y la tierra”. Pareciera que se está gestando una nueva alianza “setentista” entre el capitalismo nacional y la izquierda autóctona.
Estamos volviendo a la vieja teoría de la dependencia sin entender que en un mundo globalizado el capital no tiene banderas. El capital nacional no es necesariamente mejor que el capital extranjero. En un mundo globalizado, el capital nacional puede enviar libremente sus ganancias al exterior y también el producido de la venta de sus empresas a inversores extranjeros. Da más empleo a la gente un capitalista extranjero que invierte capitales nuevos que un capitalista nacional que vende sus empresas o se lleva los beneficios de privatizaciones monopólicas para invertir en Brasil o en otros países. O sea, el capital es capital y no tiene banderas ni pasaportes. Lo importante es generar un clima de confianza que permita la inversión de capitales de riesgo, no rentísticos, cualquiera sea el origen del mismo.
El drama bancario también ha exacerbado los espíritus xenófobos y aquí el caradurismo del populismo nacional es excesivo. Bien facilista, nunca se rasgó las vestiduras cuando en la última década el gasto público crecía de manera enloquecida creando un mar de parásitos en el sector público y se financiaba externamente para exponenciar un crecimiento fácil pero al mismo tiempo insostenible. Se concentraba en criticar el espíritu de las reformas menemistas, en lugar de criticar la forma en que se hicieron: privatizaciones (demasiado monopólicas), apertura (“trucha” al estilo Mercosur) y algo de desregulación de mercados. Toda su violencia verbal era muy marketinera (aunque bien certera en términos de rating popular): había que ser cruenta con la Ferrari, la corrupción y toda aquello que llegara fácil a la gente, aunque de contenido y de recomendaciones serias de qué hacer con el país, nada, cero absoluto. Y cuando hacia fines de 2001 se venía el default de la deuda, lo alentaban, porque “dejar de pagar nos permitiría hacer políticas sociales, redistribuir ingresos y volver a crecer”. Hoy están repartiendo las migajas de los planes trabajar en el medio de una miseria galopante.
Resulta inconcebible ver cómo buscan responsables afuera, sean los bancos extranjeros, el FMI o los Estados Unidos. El populismo no quiso entender nunca que luego de años y años de una política fiscal demencial, la estafa al ahorrista era inexorable, tal como había ocurrido a fines de 1989. Porque una cosa hay que aprender. En economía se puede hacer cualquier cosa, lo que no se puede evitar son las consecuencias. La ley de gravedad existe. Hoy es mucho más fácil echarle la culpa a los bancos, culpa que sin duda tienen en parte, que rasgarse las vestiduras por no haber votado en contra de los aumentos de gasto público que cada presupuesto planteó para la sociedad en la última década con la patética excusa de los costos sociales que tal medida tendría. No tienen ni la más mínima lógica. Cuando entraban capitales del exterior, no abrían la boca sobre lo que estaban financiando y cuando se van, denuncian el vaciamiento del país.
Las denuncias conspirativas hechas con frases rimbombantes, efectistas pero vacías de contenido, son típicas de la izquierda autóctona que nos supimos dar. En ella militan versiones “light”, bien corporativas y corruptas como el radicalismo y el peronismo (el menemismo no es ni de derecha ni de izquierda, sí es el paradigma de lo inescrupuloso) y variantes más “pesadas” como Carrió o trotskistas como Zamora. En última instancia, nuestra izquierda es una fiel representante del complejo de inferioridad que tenemos los argentinos frente a quienes les va bien, porque siempre ponemos a los exitosos como los causantes de que a nosotros nos vaya mal. Además, esta actitud desnuda una soberbia insana cuando se dice que “ahora vienen por nuestra agua y nuestra tierra”. ¡Cómo si tuviéramos un gran valor estratégico!. Algunas, más que una cruz en el pecho, necesitan un psicólogo de bolsillo.
Lo que hicimos mal en la última década fue tener un fisco que gastó sistemáticamente más de lo que pudo, endeudó al país hasta atragantarlo de papeles, atrasó el tipo de cambio como loco, hizo una apertura muy trucha como el Mercosur, privatizó de manera monopólica y siguió con el capitalismo corporativo y prebendario que venimos aplicando desde hace por lo menos medio siglo. Si esto es de derecha, izquierda o centro es un problema de segundo orden. Sí es cierto que necesitamos una meritocracia en el gobierno, en el Congreso y en la Justicia. Un auténtico capitalismo competitivo en materia económica basado en el respeto a los derechos de propiedad, apertura comercial y equilibrio fiscal. Este es el camino de los países que progresan en la globalización.
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Posted by Alberdi & Urquiza to Capítulo I: El derrumbe de la Argentina at 2/24/2004 08:13:00 PM
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