octubre 16, 2003

[Capítulo VI: El Mundo y las reglas del juego] La excusa del proteccionismo agricola

Centro de Estudios Publicos por Mario Tejeiro

El proteccionismo agrícola de los países desarrollados es una gran injusticia contra la cual debemos luchar los países emergentes. Pero es también una excusa inaceptable para mantener nuestro proteccionismo industrial. La pregunta relevante es qué hacer si el proteccionismo agrícola (de los países desarrollados) se confirma como inamovible. El punto es que la continuidad de nuestro proteccionismo industrial es una represalia irrelevante contra los países desarrollados, pero mientras tanto es una herramienta que atenta contra nuestro crecimiento exportador. La solución al dilema consiste en abrirnos al comercio en forma inmediata y unilateral y reservarnos otros instrumentos para negociar la apertura de los mercados de los países industriales. En las antípodas de esta posición, el gobierno ha entregado nuestras negociaciones comerciales a los intereses de nuestro capitalismo corporativo “productivo”.

El fracaso de Cancún

El fracaso de la reunión de Cancún de la Organización Mundial del Comercio (OMC) obedeció principalmente al enfrentamiento por la política agrícola de los países industriales, que estos pretenden mantener al margen de las negociaciones de una nueva ronda multilateral. El proteccionismo agrícola es de una enorme injusticia hacia los países en desarrollo que tienen poblaciones rurales sumergidas en la pobreza. Pero la reticencia a remover el proteccionismo agrícola es tan fuerte, que la opción para los países emergentes da la impresión que será blanco o negro: o negocian una apertura multilateral al margen del proteccionismo agrícola o no hay negociación posible. En medio de la intransigencia europea y la posición común de los países en desarrollo, el Secretario de Comercio americano, Robert Zoellick, ha declarado que si las negociaciones multilaterales fracasan, Estados Unidos va a continuar promoviendo esfuerzos bilaterales y regionales de libre comercio (como el ALCA). En este contexto, ¿Cuál es nuestra política comercial apropiada?. ¿Aprovechamos la excusa del proteccionismo agrícola para sumarnos al mundo subdesarrollado más radical en el rechazo a cualquier apertura comercial (pues estamos convencidos que nuestra mejor estrategia es favorecer el desarrollo de una burguesía industrial nacional)?. O, por el contrario, promovemos una actitud constructiva, negociando hasta donde sea posible la apertura de los mercados agrícolas, pero con el convencimiento íntimo que tenemos que aprovechar las mejores oportunidades comerciales posibles dentro del mundo globalizado?. Si las negociaciones multilaterales fracasan, ¿qué hacemos frente a iniciativas bilaterales como el ALCA?

El proteccionismo agrícola como excusa

A partir de 1945 Argentina cerró decididamente su economía, optando por un (nefasto) modelo de crecimiento a través de la distribución de ingresos y la sustitución de importaciones. ¿Fue esta política motivada por una represalia al proteccionismo agrícola europeo?. De ninguna manera, el proteccionismo agrícola no existía. Por el contrario, una Europa desvastada por la guerra dependía como nunca del abastecimiento alimentario de nuestro país. Las razones fundamentales del cambio fueron políticas e ideológicas. El populismo se instaló en la política. El reflejo económico fueron las medidas distribucionistas y proteccionistas. El objetivo fundamental del distribucionismo populista fue extraer las rentas de la “oligarquía agropecuaria”, tomando el Estado el control monopólico de la exportación y pagándole al productor precios que eran una fracción del precio internacional. Esta política le permitió al Estado hacerse de enormes recursos para financiar su expansión, pero también abarató el costo de alimentación para las grandes masas urbanas, las que quedaron así con mayor poder adquisitivo para adquirir bienes industriales. La industria nacional estaba en el paraíso. Con un mercado interno en expansión y prohibición de importaciones, tenía su negocio absolutamente asegurado.

El proteccionismo agrícola de los países industriales llegó con posterioridad, a partir de 1960 y su importancia creciente provocó un deterioro de los precios agropecuarios que contribuyó significativamente a la decadencia Argentina y al agotamiento del modelo de sustitución de importaciones. El Estado se quedó sin las rentas de la exportación agropecuaria, debiendo recurrir a déficits que condujeron a la hiperinflación primero y luego al default. La pérdida de valor de las exportaciones y las crisis financieras hicieron insostenibles los atrasos cambiarios que (protección arancelaria mediante) soportaban salarios de alto poder adquisitivo e insumos baratos para la industria nacional.

Quienes no quieren la apertura comercial tienen en el proteccionismo agrícola una excusa pública perfecta. Pero justificar el proteccionismo industrial en función del proteccionismo agrícola es falaz, cuando no hipócrita. La rentabilidad del campo ha sido siempre vista como una cuestión de “oligarcas llorones y angurrientos”, aún hoy cuando el código civil ya ha producido una “reforma agraria” al atomizar las explotaciones y que la rentabilidad del campo es muy baja. El campo recibe un tercio del precio que reciben los productores de países industriales. Pero esto parece no ser suficiente castigo y entonces recurrimos a otros dos instrumentos: uno, permanente, que es la protección arancelaria de la industria, que aumenta los costos de la producción agropecuaria y disminuye el estándar de vida de toda la población rural. El otro, transitorio, son los derechos de exportación, que son el instrumento de “justicia distributiva” de corto plazo, utilizados cada vez que los precios de los alimentos amenazan dispararse por crisis cambiarias o por subas transitorias en los precios internacionales.

¿Qué es lo que justifica que, recibiendo el campo un tercio de lo que reciben los productores de países industriales, además se los castigue directamente con derechos de exportación e indirectamente con la protección arancelaria a la industria?. Seguramente no es el amor por el libre comercio de nuestra dirigencia, sino son sus intereses políticos asociados al distribucionismo y los intereses económicos de la industria del mercado interno. En estas circunstancias cabe preguntarse qué pasaría si los países desarrollados se avinieran a eliminar de golpe el proteccionismo agropecuario. Los precios internacionales del agro aumentarían significativamente y el aumento de ingresos de exportación apreciaría el tipo de cambio de una manera importante. Con una fuerte apreciación cambiaria, ¿nuestras dirigencias política e industrial estarían entonces dispuestas a aceptar una liberación de las importaciones?. Todo lo contrario, la oposición a la apertura sería seguramente mucho mayor de lo que es hoy, cuando tenemos un elevado tipo real de cambio. El proteccionismo agrícola es entonces una mera excusa para defender las prebendas proteccionistas que se usufructúan a costas del bienestar general.

Paradójicamente, a la industria local le convendría el mantenimiento del proteccionismo agrícola. Si este desapareciera, Argentina volvería a “sufrir” un problema de apreciación cambiaria similar al producido en las etapas del endeudamiento externo fácil (con la agravante diferencia que en este caso el fenómeno de apreciación cambiaria sería permanente y sostenible). Pero si el proteccionismo agrícola continuara (como probablemente ocurrirá), la pregunta es: ¿para qué abrir unilateralmente nuestra economía?. ¿Acaso no estaríamos “regalando mercados” a cambio de nada?. Absolutamente no. Si no nos endeudamos, para importar más deberemos exportar más. Si no podemos exportar más agro, exportaremos más industria y servicios. Los mercados industriales que pudiéramos “regalar” equivaldrán a los mercados industriales que “nos regalen” y en el intercambio ganaremos por mayor eficiencia productiva y menores precios de consumo. La Argentina regaló mercados sólo cuando se endeudó irresponsablemente, pues sólo ello permitió importar más de lo que exportábamos. Pero esas políticas no deben (y por mucho tiempo, no podrán) repetirse, ya que cualquier política comercial beneficiosa para el país tiene que ir acompañada de un tipo de cambio que no sea artificialmente apreciado por políticas públicas irresponsables.

Los beneficios de la apertura unilateral

Los beneficios de una apertura unilateral “a la chilena” (sin derechos de exportación y con aranceles de importación mínimos y uniformes) son múltiples. En primer lugar, disminuiría la descomunal discriminación en contra del sector agropecuario, ya suficientemente afectado por los precios internacionales resultantes del proteccionismo agropecuario. En segundo lugar eliminaríamos “el sesgo antiexportador” que afecta a todas las exportaciones industriales y de servicios. Al eliminar la protección arancelaria, el tipo de cambio tendría un mayor nivel que si continuamos con mercados protegidos y esto cambiaría radicalmente los incentivos dentro del sector industrial, beneficiando a los sectores intensivos en mano de obra y con potencial exportador en desmedro de los sectores industriales orientados al mercado interno (particularmente los más capital intensivos). Las industrias de manufacturas de origen agropecuario deberían ser claras ganadoras, mientras que los sectores protegidos deberían transformarse para adaptarse a sus verdaderas ventajas comparativas o desaparecer. Las mejoras de eficiencia dentro del sector industrial son de una gran potencialidad, porque permitirían el acceso a mercados de exportación muy vastos. La adhesión a acuerdos de libre comercio como el ALCA sería un complemento insoslayable, pues garantizarían el acceso a los mercados de países desarrollados, aspecto que es esencial para motivar inversiones de largo plazo orientadas a la exportación. En tercer lugar, terminaríamos con el capitalismo prebendario que se garantiza beneficios extraordinarios con protecciones estatales artificiales, creando así las bases para un capitalismo competitivo que beneficie a todos.

Conclusión

El proteccionismo agrícola nos perjudica como país y es necesario pelear por su desaparición. Pero no se sostiene mantener nuestro proteccionismo industrial porque exista proteccionismo agrícola. La continuidad de nuestro proteccionismo industrial es una represalia irrelevante para los países industriales. Sus intereses se satisfacen de todas maneras vendiéndonos bienes de capital de alta tecnología (que desgravamos) e instalándose como inversores directos en sectores protegidos, donde pueden usufructuar beneficios extraordinarios. Los principales perjudicados por el proteccionismo industrial somos nosotros mismos: se trata de un instrumento que induce un capitalismo concentrado y prebendario y atenta contra las posibilidades de un crecimiento alto y sostenible a través de las exportaciones.

Entonces, ¿qué hacemos?. En la negociación multilateral Argentina debe acompañar a los países en desarrollo en una posición firme, pero en última instancia negociadora, a favor de una reducción más agresiva del proteccionismo agrícola. Pero debe quedar en claro que no nos conviene mantener una política industrial proteccionista (como el arancel común del Mercosur) durante los muchos años que puede demorar llegar al libre comercio vía negociaciones multilaterales. Mientras tanto el camino pasa por decidirnos rápidamente a una apertura unilateral “a la chilena”, avanzar en todos los acuerdos bilaterales posibles y reservarnos otros instrumentos (como el tratamiento a los inversores extranjeros) para negociar la apertura de los mercados a nuestras exportaciones. No se trata de una propuesta teórica (con suficiente respaldo, por cierto) sino una propuesta avalada por el éxito económico de países como Chile que se decidieron (aún en un mundo de un comercio internacional muy imperfecto y hasta injusto) por un crecimiento a través del comercio libre.

En las antípodas de esta posición, el canciller Bielsa se jacta de una nueva política de negociaciones comerciales internacionales en la que “nunca antes como en esta oportunidad, el sector empresario se involucró en el diseño y en la ejecución de la estrategia para las negociaciones comerciales argentinas”. El resultado ha sido una posición que nos asegure “…que cualquier concesión (reducción tarifaria) no perforará los aranceles que efectivamente aplicamos en la actualidad. De hecho, ninguna propuesta efectuada por nuestro país erosiona la protección efectiva que hoy posee la industria, y así, cualquier resultado se traducirá en ganancias netas para nuestro país (sic)”. Está bien claro. Hemos entregado nuestra política comercial externa a los intereses proteccionistas internos, lo que augura el rechazo a iniciativas de integración económica multilateral o regional (ALCA). Parece que ahora es el turno del corporativismo “productivo” y el interés general, tan declamado por el gobierno, seguirá esperando.

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Posted by Alberdi & Urquiza to Capítulo VI: El Mundo y las reglas del juego at 10/16/2003 12:49:00 PM
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